Fatalista

Bebí esa copa, siguieron más. Entre quince, veinte… quizás. Adentro igual, afuera igual. El frío, la piel, el escozor. El olor a tierra húmeda, el cielo sin estrellas y el picor en los ojos después de trabajar por horas frente a la computadora. Una nube gris por dentro que trata de salir, las ganas de quitarme los zapatos y correr de mi sombra, en la oscuridad vuelve a ser invisible para mis ojos, pero allí la siento.

En ese caos: TÚ. Con los ojos vacíos, con paraguas en mano, una sonrisa. El farol apaga las sombras, ¿será la luz, será la fe?, ¿será un destino?, ¿será un camino?, ¿un enigma?, ¿la pieza faltante?, un espejo delante y la luna brilla fuerte aún con sombras a su alrededor.

 

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Sólo por hoy

Sólo por hoy dejaré de escribir, de estar para ti, de hablarte y desvelarme.

Intentaré dejar de quererte, de extrañarte. Es mi deseo ahogar lo que siento por ti. Dejaré de cantarte y recitarte versos.

Veinticuatro horas de desintoxicación. Volver a empezar al culminar el periodo, repitiendo para mí: “sólo por hoy”.

No más de lo necesario, ni menos que lo justo, sería una gran idea cobrarte cada injusticia con intereses, sumando horas de alejamiento.

La ternura, el cariño y ese cálido corazón cambiaron de código postal, tus saludos esporádicos no llegarán, los destinatarios no existen más, no en ese domicilio… Se fugaron dicen los vecinos, así lo imagino.

Sólo por hoy cambiaré, remaré otras aguas hasta volver a mí, porque un paso hacia a ti son tres hacia detrás de mí. Y no más.

Aguanta sólo es por hoy y un hoy se convertirá en una tradición.

Te extraño

Extextraños desafíos mentales hasta las tres de la mañana. Los cabellos enredados del fin de semana, las lágrimas vertidas en la almohada, las noches al descubierto en las hamacas. Esa luna brillante que centella colores plateados difusos. Extraño tu risa, el calor de tus manos y tus apacibles ojos. Las mañanas de saltos en la cama hasta bien entrada la tarde. Los desayunos en la mesa y las cenas en la cama. Los atardeceres rojos, las noches desérticas. El brillo de tu piel, la textura de tu barba. Extraño tu dinamismo, tu sed de aventura, los piropos callejeros, el hip-hop improvisado. Extraño tus pósters, las figuras de acción y tus libros infantiles a media voz. Extraño que no me extrañes. Qué seamos extraños en este mar de gente y vernos sólo un momento para volvernos a decir adiós.

Nos quiero libres

Cuando era niña mi tía me tomaba muy fuerte de la mano, no me gustaba tenerla aprisionada yo quería correr y ver el mundo. El temor de mi tía era perderme y “qué cuentas le entregaba a mi madre”. Me hablaba del hombre del costal y de sus miedos. Crecí y con el tiempo salí de poco en poco hasta que podía cuidarme sola.

“Cuidarme sola”, já vaya ironía. En la adolescencia, yo creía que sí podía… hasta que tuve mi primer asalto. Un joven de veintipocos años con un cuchillo en mano, tomó la primer mochila y nos pidió dinero y celulares. Una joven enfermera se resistió a dar sus pertenencias y se le fue encima. No seré descriptiva, sobrevivió sí pero las heridas fueron graves.

¿Saben lo difícil qué es ahorrar para un celular, una mochila o un ipod?, por supuesto, semanas de trabajo. Poner resistencia a algo que te costó tanto es natural. Aquí en México nos enseñan a no resistirnos para mantenernos con vida y a salvo, ¿injusto no?

De allí se sumaron a mi lista otros asaltos. La vida te curte de algún modo. Intuyes cuando algo no anda bien y si tienes suerte te bajas del transporte público antes de que te agredan. Tal vez piensen que la solución es tener tu propio auto, ohhh sorpresa a un delincuente se le puede antojar el modelito y meterte un plomazo en la cabeza o encajuelarte y pasearte por semanas hasta decidir qué hacer contigo.

Las historias se cuentan a millares, todos hemos sufrido violencia de algún tipo y saben estoy harta de no poder “cuidarme sola” y más que “cuidarme” quisiera andar sola y sentirme libre.

Sí, libre de sacar mi teléfono sin mirar a diestra y siniestra que alguien me observe, libre de sostener mi bolsa en el brazo sin temor a que alguien me la arrebate, libre de subirme a un transporte público y privado con la seguridad de que llegaré a mi destino, libre de usar faldas sin temor a ser “morboseada” o “toqueteada”, libre de saber que mis amigos y familia llegarán a casa y no estar con el pendiente.

Quiero que podamos soltar a los niños de la mano y saber que lo peor que les puede pasar es caerse de manos. Uno mundo así sería lindo.

¿Es mucho pedir?

Romanticismo suelto

El ambiente interno pocas veces coincide con el externo. Hoy llueve y lluevo. No sé si sea cosa del clima o una nostalgia tan grande que llevo atorada y cuyo cause único es el de los ojos, ese atoramiento en la garganta de palabras no dichas y allí formadas, esperando su turno, añejas, apestosas por el paso de los años como las cañerías tapadas en la ciudad por el exceso de basura. Mi interior se refleja en esta ciudad constipada de gente, agua, basura y un tránsito de autos que en forma deliberada arrojan ruidos que enferman mis oídos, quiero llegar a un espacio cálido y seco para quitarme la ropa mojada que de tanto tiempo se seca en mí. Pieles frías se retregan contra las blusas empapadas del sudor del día con la lluvia que no deja de caer. Amenazante el cielo revienta en truenos y rabia hasta que se apacigua y deja de hablar. Las miradas se posan en él, nadie está en su interior todos miran afuera con aires de supervivencia caminando entre el filo de la acera para no caer. Así yo con mi interior que refunfuña fulminante a lo que no pudo ser y languidecen las fuerzas como esa bella gota que resbala a la mortalidad del piso,  me veo soy la gota, volveré a renacer si tan sólo cayera en el piso blando café. Las estrellas se agalopan con destreza mostrando su exuberante felicidad, ellas están arriba y suponen nunca caerán. La sutileza de cabellos enmrañados corren en pequeñas bolas de cadejos hacia una coladera y la gente mira como se deslizan. Lacustre ciudad fuiste, segunda Venecia te decían. No existes más, te inundas de gente, de asfalto, casas habitación y hoteles de gran dimensión. Los árboles buscan eludir la mirada del capitalista y del burgués, unos años más de vida bajo la neblina de invisibilidad, qué así sea, así permanezcan y no los arranque la crueldad. Mi corazón efusivo parlotea sin cesar pues un choque lo alebresta con su caótico rechinar. Un segundo o dos no estaría más pero hoy estoy con este caos de ciudad y otro mental.