Árbol

Sus ramas se alargaban como dedos para tocar el cielo. Se abastecía de hojas verdes, flores entre rosas y violetas. El viento lo despeinaba, las ardillas se resguardaban. Crecía primero a centímetros después a metros.

Nacían nuevos dedos, en otoño deshojados, en invierno desnudos, se mimetizaban con los rayos luminosos, uno negro, otro blanco enceguecedor. Como garras abrazándose en instantes por la noche sin olvidar que una vez fueron amantes.

La fuerza, el destello, la esperanza de volver a verse quedaba atestiguada entre la tierra que cimbraba, la noche se hacía día, el día oscuro y el árbol guardaba aquellos instantes en sus enredados pies.

Allí espera aparentemente inmóvil, intacto, pero él amanece una y otra vez.

La piel

El primer sentido en desarrollar es el tacto, nuestros familiares nos acarician, nuestras madres nos aprietan con dulzura hacia sus pechos y si somos atentos escuchamos los latidos de su corazón, los extraños (si les parecemos bonitos) nos hacen cariños.

Con la piel aprendimos a detectar el frío y el calor, con ella sentimos miedo y se nos “enchina el cuero” también pasa cuando estamos emocionados o muy enamorados. Por la piel sabemos como se siente el agua y como nos adormece el cuerpo, con ella transpiramos y nos quitamos el calor, con ella damos amor (ya hablé de amor, ¿cierto?, pero amo el amor), la piel no necesita ser una pizarra, ella no es un lienzo para ser mirada, la piel nació sin ojos y sólo unos dedos bien dotados pueden descifrarla y si tuviese que elegir entre mis cinco sentidos elegiría el tacto. Gracias a él sé lo que se siente un temblor, un escalofrío y el amor.

Por la piel también entra la música y los vellos vibran a su ritmo, la piel nos hace soñar y perdernos sin más… en otra piel. Además de ello la piel es una gran maestra  nos enseña a “mudar de piel”, nos avisa cuando hay una alergia o picazón, la piel se tuesta al exponerla al sol y cambia a color cobrizo o un rojo camarón.

Cuando la piel es bastante vieja de pecas y de arrugas se llena, salen algunos pliegues y deja de estar en su lugar, si eres muy maldoso puedes jugar con los del prójimo (en caso de no tenerlos) o entretenerte con los propios, pero, ¡¡aguas!! pueden hacerse más holgados de lo que son. Ante todo la piel requiere de cuidados, no sé por qué a las personas  se les olvida que es un órgano (y el más grande). Cremas, bloqueadores solares y bronceadores son los más populares, elige cuál deseas (recuerda que tienes libre albedrío).

Este tema es bastante apasionante y podría seguir dando mil argumentos porque la piel es mi favorita, pero por hoy basta.

Hasta pronto, cuiden su piel.

Bremarila.

El clan

 

puerta La puerta vieja sigue intacta, aún se resiste a la fuerza de la polilla. El tapiz carcomido y la alformbra con las mismas manchas (una que otra nueva). Con asombro me miran, pues he vuelto a ese mundo, bajo el subsuelo, donde el infierno es más cerca, pero casi con las manos tocas el cielo.

Y después de tanto tiempo vuelvo, juré no volver a hacerlo, pero aquí estoy, no más invasiones a mis sueños.

Una vez más de pie, frente a ellos, mi clan.

El cuerpo

A medianoche salí con pala en mano. Busqué un terreno fácil de remover, uno de tierra blanda con flores encima. Me tomé las medidas y comencé a cavar.

Después de casi dos horas, la profundidad era hostil, me aventé al agujero sin pensarlo. Esperé días hasta que el viento terminará por cubrirme y allí en la inmovilidad morí; para ser más exacto murió mi alma porque el cuerpo, la mente y el corazón habían muerto cuatro años atrás. Sólo fingía andar por la vida como si estuviese bien. Y ahora muerto en cuerpo y alma, pareciera que la muerte me sienta bien.

Espero no desilusionarme…

Días de verano

Escondido detrás de la hierba crecida, la miraba. Se desabrochaba la blusa con lentitud, al momento de soltarse el último botón, mis mejillas no dudaron en ruborizarse. Sus pechos cayeron como las corolas que saludan a las abejas y mis labios querían transformarse en aquellos insectos para polinizarlos, acariciarlos siquiera al vaivén de las alas.

Su cabello húmedo olía a cañas recién cortadas, o quizás lo imaginé, cada hebra se mimetizaba con las algas, adquiría ese color verdoso que me hacía recordar el olor de la tierra mojada. Sus torneadas piernas apenas se vislumbraban, parecían pequeños salmones coqueteando con las rocas del río. El cuadro, aquel, era enternecedor. Quería entrar al agua y cubrirme con sus besos, estrechar su oído con mis labios hasta llenarlo de miel, abrazarla hasta convertirme en uno con ella, en un árbol, de preferencia un laurel.

El agua adquiría otra tonalidad como si su presencia la hubiese purificado. El Sol que había estado apenado y a duras penas la miraba por entre las nubes, se dio valor para abrirse paso y secar su piel con su cálidas caricias como sólo él sabe hacerlo, el viento se dedicó a peinar su cabello y yo a mirarla como un idiota.

Sólo por esta vez, quería ser Naturaleza.

Q

Huérfano de padre y madre, el niño Q aprendió a una edad temprana la madurez de la vida. Se enfrentó a obstáculos no propios de su edad. Miraba a otros niños callado y deseaba ser normal. Su nación entraba en Guerra y en la plaza dejaron un anuncio dónde se convocaban a todos los hombres. Q pensó que podía ser parte de algo por primera vez. Se enlistó, su cara no reflejaba su edad, sólo tuvo problemas a la hora de dar sus datos; sin embargo el reclutador lo vio tan entusiasmado que lo dejó pasar. Superó las pruebas de equilibrio, visión y agilidad, se sentía útil por primera vez.

Los enfrentamientos no tardaron en llegar, morían héroes de ambos bandos, moría gente con sueños con familias y metas. Q sólo cuidaba de su vida, su única pertenencia, mientras los otros se enfocaban en lo externo, Q miraba hacia adentro.

La guerra arrasó con millones de vidas y sueños. Dejó la tierra herida. Q sobrevivió, se le condecoró como el hombre valiente. Cuando recibió el renombre se sintió orgulloso, pero después de unas semanas quería arrancárselo, lo sentía como una lápida en  el cuerpo. Dejó los premios y los títulos, subió a la montaña para aislarse y estar consigo. El único orgullo válido debía salir de sí mismo, la tranquilidad, la paciencia y cualquier virtud. Una vez que dominara todo, bajaría de nuevo, nunca más confundiría a su interior con el exterior ya que ahí residía el mundo entero.

Ave fénix

Brillaba con esplendor y magnificencia, poseía independencia. No era de nadie, era una fiera. Con sus dotes musicales el hombre se acercó embelesándola día a día con sus baladas y sus piezas. Ella volaba con sus alas, él con su música. Tiempo después formaron un equipo, juntos todo lo vencían.

Ella envejecía perdía su esplendor, su independencia, su magnificencia lo que había cautivado al hombre aquel. Él intentaba mejorar su ánimo con sus dotes, nada parecía alegrarla, todo era insuficiente. Cansado el hombre buscó en el cielo más aves, pues la suya no le respondía.

El ave fénix lo sabía y entristecía. Su vida estaba extinguiéndose, pronto renacería. Pero el hombre lo desconocía. Él se fue para no volver, sin ver hacia atrás.

Ella se consumió de amor, dejando sus cenizas. Él encontró otra ave independiente, magnífica pero no era un fénix sino otro tipo de ave. Poco a poco ella renacía de sus cenizas para volver a empezar y ella esperaba que el amor que él una vez sintió renaciera, pues eran cenizas de un ave fénix.

Petunia

Petunia salía de casa apresurada. Metros después  a punto de cerrar la puerta, recordaba: ¡Las llaves! Perdidas, una vez más. Buscaba debajo del sofá, revolvía la ropa, los papeles y cajones. Preguntaba a su familia y hasta al perro ponía a buscar. Enfadada sin poderlas encontrar azotaba la puerta. Aseguraba que: ¡Aquí deberían estar!

Petunia olvidaba regar las plantas, cerrar las puertas y no hablar de más. En su casa colgaba post its aquí y allá. Olvidaba nombres, solía buscar el rostro de un conocido en su memoria fugaz. Balbuceaba nombres, mientras enrojecía ante el saludo cordial.

Dormía de más, pues, en las noches olvidaba cómo dormir. Su familia asustada la envío al doctor. Él dijo que su memoria estaba bien, únicamente faltaba: ¡Concentración!

Despedida

Desconocía el lugar, la hora y la fecha. Nos despedimos sin un adiós o un te quiero. No recuerdo de qué hablamos; tan sólo poseo la idea general. Tu boca olía a puros, tu ropa a yerbabuena. Llevabas una corbata espantosa. Recuerdo los silencios y tu silueta. Tus manos comunicaban ansiedad, tus ojos verdad. La espesura de la noche te comía el rostro. Nos despedimos con la esperanza de volver a vernos. Sin el hasta luego, el descanses o el te quiero. Ni siquiera un beso.

Nuestros hombros fueron más sabios que nosotros; ellos se despidieron, se encogieron, se estremecieron. Mi imaginación intenta despedirse y recrea escenarios. El presente me arrebata la ficción.

Tu sepulcro está delante; mis puños arrojan tierra. Una rosa carcomida, un adiós, adiós, adiós.