Dulce ayer

La vida, tablero mutable. Corren las fichas para no perder su lugar, se mueven para sobrevivir, antier lo lograron y también ese dulce ayer con la mejor jugada de la historia, una mano prodigiosa.

La jugada es distinta, el tablero y el jugador; la misma estrategia no da los resultados de ayer, se consiguen otros, la frustración… latente. Se avecinan la derrota, los desajustes y la pérdida paulatina del autocontrol.

Los pensamientos se entrelazan con la locura y ésta está a punto de caer por el precipicio, hacia un desajuste neuronal, tiemblo de miedo y ansiedad.

El jugador lo huele, sabe, conoce y me adjudica cierta inexperiencia.

Enmascaro mi sudor entre las luces de colores, ellas se agalopan en mi cara.

No pude ver la jugada, ni siquiera sé qué estoy haciendo, ¿quién demonios eres?, ¿qué haces aquí? Lee mi mente y mis jugadas.

El jugador responde:

-Soy el destino. Juega o pierde.

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