Días de verano

Escondido detrás de la hierba crecida, la miraba. Se desabrochaba la blusa con lentitud, al momento de soltarse el último botón, mis mejillas no dudaron en ruborizarse. Sus pechos cayeron como las corolas que saludan a las abejas y mis labios querían transformarse en aquellos insectos para polinizarlos, acariciarlos siquiera al vaivén de las alas.

Su cabello húmedo olía a cañas recién cortadas, o quizás lo imaginé, cada hebra se mimetizaba con las algas, adquiría ese color verdoso que me hacía recordar el olor de la tierra mojada. Sus torneadas piernas apenas se vislumbraban, parecían pequeños salmones coqueteando con las rocas del río. El cuadro, aquel, era enternecedor. Quería entrar al agua y cubrirme con sus besos, estrechar su oído con mis labios hasta llenarlo de miel, abrazarla hasta convertirme en uno con ella, en un árbol, de preferencia un laurel.

El agua adquiría otra tonalidad como si su presencia la hubiese purificado. El Sol que había estado apenado y a duras penas la miraba por entre las nubes, se dio valor para abrirse paso y secar su piel con su cálidas caricias como sólo él sabe hacerlo, el viento se dedicó a peinar su cabello y yo a mirarla como un idiota.

Sólo por esta vez, quería ser Naturaleza.

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2 comentarios en “Días de verano

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