Q

Huérfano de padre y madre, el niño Q aprendió a una edad temprana la madurez de la vida. Se enfrentó a obstáculos no propios de su edad. Miraba a otros niños callado y deseaba ser normal. Su nación entraba en Guerra y en la plaza dejaron un anuncio dónde se convocaban a todos los hombres. Q pensó que podía ser parte de algo por primera vez. Se enlistó, su cara no reflejaba su edad, sólo tuvo problemas a la hora de dar sus datos; sin embargo el reclutador lo vio tan entusiasmado que lo dejó pasar. Superó las pruebas de equilibrio, visión y agilidad, se sentía útil por primera vez.

Los enfrentamientos no tardaron en llegar, morían héroes de ambos bandos, moría gente con sueños con familias y metas. Q sólo cuidaba de su vida, su única pertenencia, mientras los otros se enfocaban en lo externo, Q miraba hacia adentro.

La guerra arrasó con millones de vidas y sueños. Dejó la tierra herida. Q sobrevivió, se le condecoró como el hombre valiente. Cuando recibió el renombre se sintió orgulloso, pero después de unas semanas quería arrancárselo, lo sentía como una lápida en  el cuerpo. Dejó los premios y los títulos, subió a la montaña para aislarse y estar consigo. El único orgullo válido debía salir de sí mismo, la tranquilidad, la paciencia y cualquier virtud. Una vez que dominara todo, bajaría de nuevo, nunca más confundiría a su interior con el exterior ya que ahí residía el mundo entero.

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